jueves, 12 de marzo de 2026

No todos oímos lo mismo. - No vemos todos lo mismo. - No escuchamos todos lo mismo.

L

Una piel que escuchó: subjetividad y multiplicidad en la cobra escarlata

Apuntes para una lectura deleuziana de la prospectiva militante

I. El oído múltiple: No todos oímos lo mismo

Cuando la cobra escarlata muda su piel, no abandona lo que fue: lo incorpora, lo transforma, lo supera aún más. Esta primera operación del manifiesto es ya una operación deleuziana: el devenir no es imitación, es contagio entre lo heterogéneo. No venimos a juzgar porque venimos a multiplicar, dice el texto. Y en esa suma no hay fusión ni síntesis hegeliana: hay multiplicidad. En cada tradición que llegó no abandonó el plural sonido propio, sino que aprendió a oír de la frecuencia de todas las otras.

No todos oímos lo mismo.

Deleuze y Guattari nos enseñaron que el inconsciente no es un teatral, sino una fábrica. Nunca representamos, siempre producimos. Lo que (la cobra escarlata) produce al mudar la piel es un nuevo agenciamiento colectivo de enunciación aún. Pero ese agenciamiento no exige que todos oigamos el mismo llamado, la misma consigna, la misma línea justa. Exige, por el contrario, que nos volvamos capaces de oír en cada tradición aquello que insiste sin lograr existencia plena: el deseo que aún no tiene forma, la memoria que el poder quiere borrar, la canción que no termina de cantarse.

Oír no es lo mismo que escuchar. Oír es estar expuesto al choque de lo real. Y en ese choque, lo que suena para unos puede ser ruido para otros. El manifiesto lo sabe cuando convoca a quienes vienen de la tradición de las armas y también a quienes vienen de la tradición de las escuelas, de la clandestinidad, de la organización popular. No todos oímos lo mismo porque no todos estamos hechos de la misma historia. Pero precisamente por eso la construcción es polifónica: la unidad no es unísono, es ritornelo que territorializa y desterritorializa a la vez.

II. La visión encarnada: No vemos lo mismo todos.

Afirmamos que el arte es producción, no reflejo. Esta afirmación del manifiesto es puro Deleuze. El arte no imita la realidad: la realidad es lo que imita al arte, porque el arte produce perceptos y afectos que desbordan lo vivido. La cobra escarlata no refleja el mundo: lo fabrica. Y en esa fábrica, la mirada no es neutral.

No vemos lo mismo todos.

Ver es siempre ver desde algún lado. Pero Deleuze va más allá: ver es siempre ver con algo, a través de algo. El ojo no es una ventana transparente al mundo: es un dispositivo que recorta, que selecciona, que potencia ciertos devenires y deja otros en la penumbra. Por eso el manifiesto insiste en que la cultura es terreno de disputa estratégico. El enemigo no es solo quien posee los medios de producción económicos, sino quien posee los medios de producción de sentido, es decir, quien controla los regímenes de visibilidad.

Cuando el texto dice que lo real no es solo lo que existe, sino lo que insiste, está nombrando exactamente el dominio de lo virtual deleuziano. Hay fuerzas, deseos, potencias que no logran existencia plena pero no cesan de presionar desde los bordes. El arte, dice el manifiesto, es el oído que escucha esas presiones, la mano que les da forma, la voz que las hace audibles. Ver, entonces, no es constatar lo que está: es hacer ver lo que aún no tiene imagen, lo que insiste en la oscuridad del presente.

La prospectiva que propone la cobra escarlata no es adivinación: es diagnóstico de lo que emerge. Y ese diagnóstico requiere una subjetividad capaz de ver en los márgenes, en los cuerpos, en los territorios donde el futuro ya está ocurriendo desigualmente distribuido. No todos vemos lo mismo porque no todos tenemos los mismos cuerpos para ver. Por eso la lucha por la cultura es también la lucha por educar la mirada: no para uniformizarla, sino para volverla capaz de captar la multiplicidad de lo real.

III. La escucha atenta: No escuchamos todos lo mismo.

Si oír es estar expuesto al ruido del mundo, y ver es recortar figuras en ese ruido, escuchar es algo más: es atender, es prestar atención, es dejarse afectar por lo que suena. Escuchar implica tiempo, implica paciencia, implica apertura a lo que no se deja capturar de inmediato.

No escuchamos todos lo mismo.

Deleuze y Guattari hablan del ritornelo como ese bloque de contenido que territorializa, que marca un adentro y un afuera, que dibuja un hogar en el caos. Pero el ritornelo también puede desterritorializarse, puede devenir canto del mundo, puede abrirse a lo que viene. La cobra escarlata propone precisamente eso: construir un ritornelo que no sea cerradura sectaria, sino invitación.

Escuchar no es lo mismo que oír. Se puede oír sin escuchar. El manifiesto lo sabe cuando se dirige a quienes sonríen y dicen que sí pero nunca intentan nada. Esos no han escuchado aún: han oído, quizás, han asentido, pero la escucha implica compromiso, implica devenir otro en el encuentro con la palabra. Escuchar es dejarse modificar por lo que se escucha. Por eso la subjetividad que emerge de la cobra escarlata no es la del militante que repite consignas, sino la del artista que se deja atravesar por las fuerzas del presente para darles forma nueva.

Cuando el texto dice lo imposible de hoy es condición de lo posible de mañana, está nombrando el núcleo ético-político de esta escucha. Escuchar lo imposible, atender a lo que aún no tiene lugar, es la tarea de la prospectiva militante. Y eso solo puede hacerse juntes, porque nadie escucha solo: la escucha es siempre colectiva, siempre agenciada, siempre tejida en redes de resonancia.

IV. La subjetividad como producción

Para Deleuze y Guattari, la subjetividad no es una esencia, sino un proceso de producción. No nacemos sujetos: devenimos sujetos en agenciamientos concretos, con herramientas concretas, en luchas concretas. El manifiesto de la cobra escarlata es precisamente eso: una máquina de producir subjetividad.

Venimos de todas partes, dice. Y esa proveniencia múltiple no es un dato folklórico: es la materia prima de una subjetividad rizomática, capaz de conectar lo heterogéneo sin reducirlo a lo mismo. No hay papa de la revolución, no hay línea justa que alguien posea: hay tradiciones que dialogan, experiencias que se fecundan, un nosotres por construir que no exige renunciar a la historia propia.

La subjetividad que emerge de este manifiesto es nómade: no tiene territorio fijo, sino que se desplaza entre tradiciones, entre lenguajes, entre prácticas. Pero es también territorial: echa raíces en lo popular, en lo cotidiano, en la calle y la fiesta y el amor. No es la subjetividad desencarnada del intelectual que todo lo comprende desde arriba, sino la subjetividad encarnada del que pone el cuerpo, del que intenta, del que se equivoca y vuelve a intentar.

Por eso la cobra escarlata no convoca a creer, sino a intentar. El intento es la categoría práctica de esta subjetividad: no la fe, no la certeza, no la pureza, sino el ensayo, la prueba, el experimento. Y el experimento es siempre colectivo: lo demás lo hacemos juntes.

V. El nosotres por venir

No todos oímos lo mismo, no todos vemos lo mismo, no todos escuchamos lo mismo. Lejos de ser un obstáculo, esta diversidad de percepciones es la condición misma de posibilidad de lo nuevo. Porque si todos oyéramos lo mismo, el mundo sería un eco sin diferencia. Si todos viéramos lo mismo, no habría insistencia de lo real, no habría fuerzas presionando desde los bordes. Si todos escucháramos lo mismo, la música del mundo sería un solo sonido.

La cobra escarlata propone, en cambio, una polifonía: que cada cual aporte su oído, su mirada, su escucha, y que en el encuentro de esas diferencias emerja algo que nadie podía anticipar. Eso es el nosotres: no la suma de individuos, sino la multiplicidad que se produce en el entre. Eso es la prospectiva: no la predicción del futuro único, sino la amplificación de los futuros deseables que ya laten en el presente.

El manifiesto termina con una invitación. Y esa invitación es también una apuesta: la apuesta de que la subjetividad puede ser producida de otro modo, de que el deseo puede ser liberado de las formas que lo capturan, de que el arte y la política pueden encontrarse en un territorio común donde la cobra escarlata mude su piel una y otra vez, siempre viva, siempre en devenir.

Juntes. Siempre juntes.

No porque seamos lo mismo, sino porque, precisamente, no lo somos. Y es en esa diferencia donde el futuro se escribe todos los días.


Marzo 2026

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