miércoles, 15 de abril de 2026

La Cacerola

 

La Cacerola

En los umbrales de una década que comenzaba con las promesas rotas del menemismo, la Plaza de Mayo fue testigo de un gesto que condensó la potencia de la calle, el arte y la política en un mismo acto. El 21 de marzo de 1990, el corazón de Buenos Aires se llenó de una multitud convocada por Saúl Ubaldini, el dirigente sindical que encabezaba la CGT y que lideraba el primer gran rechazo masivo a las medidas de ajuste del gobierno recientemente asumido. Poco más de dos semanas después, el 6 de abril, una multitud diferente ocuparía la misma plaza para respaldar al presidente en la denominada "Plaza del Sí". En el medio de ese torbellino, un colectivo de artistas planteó una intervención que se proponía trascender la inmediatez de la protesta para sembrar un símbolo de larga duración. Ese colectivo fue La Cacerola.

El gesto: Dos banderas, una sola señal

La acción del grupo fue la siguiente: en medio de la multitud, se desplegaron dos banderas. La primera era de dimensiones pequeñas y era portada por un integrante del colectivo que, montado sobre zancos, la llevaba en alto mientras daba vueltas alrededor de la plaza. La segunda era una bandera de gran tamaño, colgada entre dos árboles. Su diseño era una obra de arte en clave política: presentaba dos campos de color que evocaban la simbología de la izquierda combativa del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), y en el centro, una olla de color amarillo invertida, es decir, vacía.

El nombre del grupo, "La Cacerola" —con dos cacerolas—, buscaba simbolizar a todas las fuerzas de la izquierda. No una fracción, no una secta. La olla vacía era la carencia compartida; la cacerola como instrumento de ruido era la protesta común. Dos cacerolas golpeando juntas hacen más ruido que una. Dos banderas —la grande y la pequeña— son la misma lucha a distintas escalas.

El momento culminante se produjo cuando los trabajadores fabriles allí presentes, reconociendo el llamado de esa imagen, se encolumnaron espontáneamente detrás de la bandera. La marea obrera, precedida por la olla vacía, transformó la protesta en un desfile de guerra. La bandera no solo representaba la unidad, sino que la estaba produciendo. Esta acción fue registrada por el diario "La Voz" del Partido Comunista.

La tradición de la calle

La Cacerola no fue un hecho aislado, sino la culminación de una tradición de arte militante y participativo que floreció en Argentina en las décadas precedentes. En los años ochenta, en las postrimerías de la dictadura militar, grupos como Gas-Tar (Grupo de Artistas Socialistas - Taller de Arte Revolucionario) y CAPaTaCo (Colectivo de Arte Participativo - Tarifa Común) ya habían establecido la práctica de intervenir en las movilizaciones populares, utilizando la serigrafía y los "afiches participativos" para visibilizar la lucha por los derechos humanos.

Estos colectivos, que rearticulaban una memoria artística y política quebrada por el silenciamiento de la dictadura, fueron el antecedente directo de la acción de La Cacerola. Como señala la investigadora Ana Longoni, el arte callejero argentino de esos años buscaba "tender un puente hacia Tucumán Arde", la experiencia fundacional de 1968 que sentó las bases de una práctica de contrainformación y denuncia social utilizando medios artísticos.

El manierismo de la calle: la olla vacía como emblema

La Cacerola no se limitó a tomar un símbolo preexistente. Lo tomó del enemigo y lo resignificó. La "olla vacía" era un emblema que la derecha chilena había utilizado durante los años setenta para protestar contra el gobierno de Salvador Allende. Las "ollitas chilenas" —como se las conocía— eran un ícono de la protesta de la burguesía pinochetista, un símbolo de su supuesta "carencia" ante las políticas de estatización.

Al apropiarse de este símbolo, La Cacerola lo subvirtió por completo. La olla vacía dejó de ser un emblema de privilegios para convertirse en un grito de hambre y exclusión. No era una imitación, sino una transformación radical del sentido. Este gesto —tomar un símbolo del adversario y darle la vuelta— es la esencia del "manierismo revolucionario" que la izquierda argentina desplegó en las calles: la capacidad de aprender del enemigo, de tomar sus armas y volverlas contra él.

Un antecedente directo de los cacerolazos de 2001

La acción de La Cacerola en 1990 fue el antecedente directo de los cacerolazos que estallarían once años después, en diciembre de 2001. Cuando la crisis del "corralito" y la represión estatal llevaron a millones de argentinos a las calles con sus ollas vacías, no estaban improvisando. Un inconsciente colectivo, sembrado por aquella intervención en la Plaza del "No", había convertido el utensilio de cocina en un estandarte de rebelión.

El ruido ensordecedor de las cacerolas no fue solo un acto de protesta espontánea. Fue la consecuencia directa de un manierismo político-artístico que había sabido leer y transformar los símbolos de su tiempo. La olla vacía, que en 1990 era una denuncia del hambre y la exclusión, en 2001 se convirtió en el instrumento para hacer oír esa denuncia. El silencio de la olla vacía se volvió ruido. La bandera se volvió cacerola. Y la cacerola, golpeada por millones de manos, se volvió el tambor de la rebelión.

La Cobra Escarlata

La imagen de la Cobra Escarlata —serpiente china con faroles— es la metáfora de ese proceso: un animal que muda su piel para sobrevivir, que incorpora lo viejo y lo transforma en algo nuevo. Así como La Cacerola tomó la "ollita chilena" y la convirtió en un símbolo de lucha popular, la Cobra Escarlata es la tradición viva de ese manierismo revolucionario: la capacidad de aprender del enemigo, de tomar sus armas y volverlas contra él, pero siempre bajo la consigna de la unidad.

El gesto de La Cacerola en la Plaza del "No" de 1990 fue una promesa sembrada. La Cobra Escarlata es esa promesa hecha tradición, que atraviesa los años, las derrotas y las victorias, para recordar que la unidad de la izquierda no es una opción, sino una necesidad excluyente.

Romero y Escombros. La bandera de la olla vacía. Los trabajadores detrás. La cacerola que aún resuena.

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