miércoles, 15 de abril de 2026

"No a la amnistía genocidas". 4° Marcha de la Resistencia. Año 1984.

 Crónica de la IV Marcha de la Resistencia. Homenaje a los gráficos ongaristas y a la nueva juventud que dijo "Vamos".

La noche del 20 de diciembre de 1984, mientras la ciudad de Buenos Aires dormía bajo el peso pesado de una democracia que aún no se animaba a mirar de frente el horror del genocidio, un puñado de militantes del arte instaló una trinchera en el corazón mismo de la Plaza de Mayo. No llevaban fusiles, pero desplegaron una imprenta de serigrafía con la misma disciplina con la que las FAR, el ERP y las columnas maoístas montaban sus talleres clandestinos en los años de plomo. Era una trinchera de tinta y papel, una máquina de guerra cultural cuyo proyectil era un afiche participativo con una consigna que cortaba el aire como un cuchillo: "No a la amnistía genocidas". Ese afiche no estaba terminado. Era, deliberadamente, un "para terminar entre todos", una invitación a la multitud para que se convirtiera en co-creadora de la denuncia.

La imprenta funcionó sin descanso durante veinticuatro horas, organizada en cuatro guardias de ocho horas cada una. La primera guardia, la de la medianoche, fue ocupada por Joan Prim. Luego siguieron Emei (Mercedes Idoyaga), Diego Fontanet y, cerrando el ciclo, Fernando “Coco” Bedoya. Con ellos estaban también Adriana BayónDaniel Sanjurjo y otros compañeros. Todos sabían que la tinta no era sólo tinta y que la manigueta —esa rasqueta que arrastra la tinta sobre la malla serigráfica— era un arma más en la guerra de clases que se libraba en cada rincón de la patria.

La noche anterior a la marcha, un organizador del colectivo se había reunido con los jóvenes del Frente de Derechos Humanos de las Madres de Plaza de Mayo. No sólo discutieron la letra del afiche. Les enseñó a preparar un engrudo indespegable, una mezcla cáustica que quemaba la piel y los ojos si no se tomaban los recaudos necesarios. Les mostró cómo protegerse las manos, los brazos, la cara. Les explicó que aquel pegamento no era un adhesivo doméstico: era un arma para la guerra de clases, un instrumento para fijar la verdad en los muros de la ciudad, para que los genocidas no pudieran arrancarla. Y aquellos jóvenes, fieles a la tradición de lucha de las Madres, escucharon, aprendieron y, en la jornada misma, no sólo pegaron los afiches, sino que ayudaron a proteger la mesa de impresión durante toda la noche, formando un cerco humano alrededor de la trinchera gráfica.

Cuando la multitud comenzó a llenar la plaza, los afiches ya estaban siendo intervenidos. Las Madres imprimieron con sus propias manos. Pero fueron los jóvenes quienes conectaron de manera más inmediata con la propuesta, viendo en ella un lenguaje fresco y disruptivo para canalizar su rebeldía. Y fue entonces cuando ocurrió el momento decisivo: entre la multitud que rodeaba la plaza se encontraban los jóvenes gráficos, herederos de la lucha de Raimundo Ongaro en los años setenta. No eran una facción ni una lista. Eran los continuadores de una tradición combatiente, obreros de la imprenta que habían aprendido en los talleres clandestinos durante la dictadura, que sabían manejar la tinta y la manigueta como quien maneja un fusil. Cuando fueron requeridos, no dudaron un instante. Dijeron "Vamos". Y se sumaron al operativo con la disciplina de quienes entienden que la gráfica es también una forma de la guerra de clases, una trinchera más en la lucha por la liberación nacional y social. Esos jóvenes gráficos no sólo dijeron "Vamos". Se quedaron toda la noche imprimiendo los afiches y cuidando la imprenta, relevándose en la manigueta, velando por la máquina que producía la verdad. Ellos dijeron "Vamos" a China, al PRT, a la revolución mundial.

La pegada se realizó esa misma noche. Por indicación expresa del organizador, los afiches fueron colocados en lugares escasamente frecuentados para la cartelería común: paredes laterales, zaguanes, postes apartados, muros que el ojo del transeúnte no suele registrar. Allí, lejos de la competencia de los afiches comerciales y partidarios, los carteles de “No a la amnistía genocidas” permanecieron visibles hasta diez días después, un tiempo inusualmente largo para un papel pegado en la calle. Fue una victoria táctica en la guerra de posiciones que la clase trabajadora libraba contra la impunidad.

El organizador, una vez concluida la marcha, recorrió personalmente los puntos de pegado con una cámara fotográfica. Lo que encontró fue la prueba irrefutable de la eficacia de la acción: todos los afiches estaban como queridos arrancar desde todo el borde, y como estrellados hasta los de tres a cinco centímetros. Esa orla desgarrada, ese borde astillado que resistía a la fuerza de quienes intentaban arrancarlos, no era un desperfecto. Era el testimonio mudo de la furia de los genocidas y sus secuaces. Cuanto más violentamente intentaban borrar el mensaje, más evidencia dejaban de su propia irritación. Cada afiche estrellado era un parte de guerra. Cada borde desgarrado, una condena.

La acción no sólo transmitió conciencia. La fabricó. Y en esa fabricación, la nueva juventud —algunos de ellos sin saberlo, sin haber leído los manuales, sin haber pasado por las escuelas de cuadros— dijo "Vamos". Dijeron "Vamos" a la revolución mundial, a la experiencia china, al Partido Revolucionario de los Trabajadores. No era una divisa geográfica. Era la afirmación de una tradición: la de los que saben que la revolución no tiene fronteras, que la lección de Yenan y la lección de la Plaza de Mayo son una misma lección, que la tinta y el engrudo pueden ser tan subversivos como el fusil.

Por eso esta crónica se escribe en homenaje a aquellos gráficos ongaristas que, cuando fueron requeridos, no pidieron explicaciones ni certificados de militancia. Dijeron “Vamos” y se pusieron a imprimir. Y se quedaron toda la noche. Y en homenaje a esa nueva juventud que, sin saberlo, ya estaba diciendo "Vamos" a China y al PRT. Porque la Cobra Escarlata no es una serpiente decorativa: es la memoria viva de cada afiche estrellado, de cada borde desgarrado, de cada imprenta montada en una plaza sitiada.

Que quede en la memoria. Que se convierta en acto.

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