sábado, 18 de abril de 2026

LO NUEVO EN EL MARXISMO ES LA DIRECCIONALIDAD

 

LO NUEVO EN EL MARXISMO ES LA DIRECCIONALIDAD

No todos oímos lo mismo. – No todos vemos lo mismo. – No todos escuchamos lo mismo.


I. La dirección como horizonte

Lo nuevo en Marx no es solo el diagnóstico del capital. Lo nuevo es la direccionalidad: la capacidad de vislumbrar hacia dónde vamos mientras pisamos el barro del presente. No se trata de adivinar el futuro: se trata de construirlo con las manos, con el cuerpo, con la historia acumulada.

La cobra escarlata muda su piel para seguir viva. No abandona lo que fue: lo incorpora, lo transforma, lo supera. Así debe ser la izquierda que mira al futuro: capaz de desprenderse de lo que ya no sirve sin renegar de lo que la constituye. En esa muda, lo que permanece es la dirección: la certeza de que otro mundo es posible y de que depende de nosotros hacerlo real.

  • No todos oímos lo mismo. Pero podemos oír la misma llamada.

  • No todos vemos lo mismo. Pero podemos ver el mismo horizonte.

  • No todos escuchamos lo mismo. Pero podemos escuchar la misma urgencia.


II. El oído múltiple: la dirección no es unísono

Cuando la cobra escarlata convoca, no pide que todos cantemos la misma canción. Pide que cada cual traiga la suya, y que en el encuentro de todas esas canciones emerja algo que nadie podría haber cantado solo.

Venimos de todas partes. De los que tomaron Garín y de los que construyeron escuelas. De los que dijeron basta a la espera y de los que tejieron paz. De los que supieron unir en la lucha y de quienes araron la tierra. De la organización del poder clasista y de su brazo que no tiembla. De la teoría hecha carne militante –el hermano del presidente que eligió las trincheras–. Del Vasco que aprendió en la fuga.

Cada cual con su historia. Cada cual con sus muertos. Cada cual con su canción.

Y sin embargo, hay dirección. No porque alguien imponga el rumbo desde arriba, sino porque el rumbo emerge del encuentro:

  • Cuando los que vienen de la tradición de las armas se encuentran con los que vienen de la tradición de las escuelas, algo nuevo nace.

  • Cuando los que vienen de la clandestinidad se encuentran con los que vienen del trabajo de base, algo nuevo nace.

  • Cuando los que vienen de la lucha internacionalista se encuentran con los que araron la tierra para sembrar maíz, algo nuevo nace.

Eso es la direccionalidad en Marx: no la línea recta trazada de antemano, sino la capacidad colectiva de orientarse en la tormenta.


III. La visión encarnada: la dirección emerge de abajo

El arte es producción, no reflejo. La realidad no está dada: se hace. En ese hacer, la mirada no es neutral.

Los que vienen de los que tomaron Garín lo saben. Los que vienen de los que dijeron basta a la espera lo saben. Los que vienen de cada organización que puso el cuerpo en las décadas duras lo saben: la dirección no se decreta, se construye. Se construye en la fábrica y en el campo, en la universidad y en el barrio, en la clandestinidad y en la luz del día. Se construye con aciertos y errores, con victorias y derrotas, con los que quedaron en el camino y con los que siguen adelante.

No todos vemos lo mismo:

  • El que vivió la clandestinidad ve el mundo de un modo.

  • El que vivió el exilio, de otro.

  • El que se quedó, de otro.

  • El que volvió, de otro.

Pero todos vieron lo mismo: que la dignidad no se negocia, que la solidaridad no es caridad sino estrategia, que el internacionalismo no es frase hecha sino sangre compartida.

La dirección que emerge de esas miradas no es la de un líder iluminado ni la de un partido que todo lo sabe. Es la dirección que surge de la experiencia acumulada, de la memoria que no se deja borrar, de los muertos que siguen hablando en cada lucha.

En Cuba lo saben. En cada rincón donde alguien cree que la dignidad vale, lo saben. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias no son casta: son pueblo en armas. Son la dirección hecha carne popular. Son la prueba de que la dirección no viene de fuera: viene de adentro, de la historia, del sacrificio, de la resistencia de cada día.


IV. La escucha atenta: la dirección es colectiva

Escuchar es más que oír. Escuchar es atender, prestar atención, dejarse afectar. La dirección que necesita la izquierda hoy es una dirección que sepa escuchar.

No todos escuchamos lo mismo:

  • El que viene de los que tomaron Garín escucha con el oído del combatiente: sabe que el enemigo no descansa, que la vigilancia es necesaria, que la firmeza no es rigidez.

  • El que viene de la tradición de quienes construyeron escuelas escucha con el oído del maestro: sabe que el tiempo de los pueblos es largo, que la semilla tarda en dar fruto, que la paciencia no es pasividad.

  • El que viene de la tradición de quienes tejieron paz escucha con el oído del que sabe que la guerra no es la única forma de combatir.

Y sin embargo, todos escuchamos lo mismo:

  • Que el imperio avanza, que el capital devora, que la humanidad necesita una alternativa.

  • Que China y Rusia, con sus aciertos y contradicciones, con sus caminos propios, son hoy un dique de contención frente al imperialismo.

  • Que la Franja y la Ruta no es solo un proyecto económico: es la posibilidad de un mundo multipolar, de un orden donde quepamos todos, donde ninguna tradición sea aplastada por la bota del más fuerte.

Escuchar es aprender del error. Escuchar es reconocer que el otro tiene algo que enseñarnos. Escuchar es saber que la dirección no la tiene nadie solo: se construye entre todos.


V. Lo que dejamos atrás

Dejamos el sectarismo que nos hizo pequeños. La manía de medir purezas. La costumbre de mirar al compañero de al lado como enemigo. El vicio de la excomunión fácil. La pereza de no leer al otro antes de juzgarlo.

Dejamos la creencia de que existe una línea justa que alguien posee y el resto debe acatar. No hay Papa de la revolución. Hay tradiciones que dialogan. Hay experiencias que se fecundan. Hay un nosotros por construir que no exige renunciar a la historia propia.

Dejamos el lenguaje cifrado que solo entienden iniciados. Vamos a hablar claro: para que nos entiendan los trabajadores, los jóvenes, los artistas, quienes nunca pisaron una reunión de partido pero quieren cambiar el mundo.

Consigna fundamental:

“En cárcel común perpetua efectiva ningún genocida por las calles de Argentina”


VI. Lo que afirmamos

No todos oímos lo mismo. No todos vemos lo mismo. No todos escuchamos lo mismo.

Lejos de ser un obstáculo, esta diversidad es la condición misma de posibilidad de lo nuevo:

  • Si todos oyéramos lo mismo, el mundo sería un eco sin diferencia.

  • Si todos viéramos lo mismo, no habría fuerzas nuevas presionando desde los bordes.

  • Si todos escucháramos lo mismo, la música del mundo sería un solo sonido.

La direccionalidad que necesitamos no es la que aplasta las diferencias. Es la que las articula. Es la que permite que cada cual aporte su oído, su mirada, su escucha, y que en el encuentro de esas diferencias emerja algo que nadie podía anticipar.

Eso es el nosotros: no la suma de individuos, sino la multiplicidad que se produce en el entre.
Eso es la prospectiva: no la predicción del futuro único, sino la amplificación de los futuros deseables que ya laten en el presente.


VII. La invitación

Esto no es un dogma. Es una invitación. No venimos a decirles lo que tienen que pensar. Venimos a proponerles pensar juntos. No venimos a fundar la secta de los iluminados. Venimos a construir la alianza de quienes quieren ver más allá.

Si vienes de los que tomaron Garín, te necesitamos.
Si vienes de los que dijeron basta a la espera, te necesitamos.
Si vienes de los que supieron unir en la lucha, te necesitamos.
Si vienes de la organización del poder clasista y el brazo que no tiembla, te necesitamos.
Si vienes de la teoría hecha carne militante, te necesitamos.
Si vienes del Vasco que aprendió en la fuga, te necesitamos.

Si vienes de la tradición de quienes empuñaron armas y creyeron que otro mundo era posible incluso a riesgo de la vida, te necesitamos.
Si vienes de la tradición de quienes construyeron organización en la clandestinidad, tejiendo redes en la noche para que amaneciera distinto, te necesitamos.
Si vienes de la tradición de quienes aprendieron que la revolución se hace con los pies en la tierra, con trabajo de base, día a día, te necesitamos.
Si vienes de la tradición de quienes entendieron que nuestras luchas no entienden de fronteras, te necesitamos.
Si vienes de la tradición de quienes pusieron el cuerpo, que es lo único que tenemos, y lo pusieron entero, te necesitamos.

Todas, todos. Cada tradición es una herramienta. Cada herramienta sirve si la usamos juntos.

El mundo que viene no lo construye una sola tradición. Lo construimos entre todas las que alguna vez soñaron con cambiarlo. Entre las que lo intentaron y no pudieron. Entre las que pudieron y lo sostienen. Entre las que empiezan ahora y no saben cómo pero tienen ganas.

En Cuba lo saben. En cada rincón donde alguien cree que la dignidad vale, lo saben. Por eso llegamos con la cobra escarlata visible: para que allá, en la isla, en cada territorio donde se lucha, sepan que no somos secta, somos pueblo. Que no venimos a pedir permiso, venimos a construir con quien quiera construir.

Si sabes que el arte puede más que la mercancía, te necesitamos.
Si sabes que la cultura es territorio de disputa, te necesitamos.
Si sabes que el futuro no está escrito y podemos escribirlo juntos, te necesitamos.
Si sonríes y dices que sí, pero aún no has intentado, te necesitamos también. Sobre todo a ti.


VIII. Cierre

La cobra escarlata ha mudado su piel. No para olvidar lo que fue, sino para seguir viva. Esta es su nueva piel.

Juntos. Siempre juntos.

Marzo de 2026

Manifiesto para una prospectiva militante.

 

VISLUMBRAR LO FUTURO CON LO REAL DEL PRESENTE

la cobra escarlata

Manifiesto para una prospectiva militante

(Edición de ideales – sin instrucciones prácticas)


I. La piel que mudamos

La cobra escarlata muda su piel para seguir viva. No abandona lo que fue: lo incorpora, lo transforma, lo supera. Así debe ser la izquierda que mira al futuro: capaz de desprenderse de lo que ya no sirve sin renegar de la historia que la constituye.

Venimos de todas partes. De los que tomaron Garín y de los que construyeron escuelas. De los que dijeron basta a la espera y de los que tejieron paz. De los que supieron unir en la lucha y de quienes araron la tierra. De la organización del poder clasista y de su brazo que no tiembla. De la teoría hecha carne militante –el hermano del presidente que eligió las trincheras, asesinado por la serpiente venenosa que el poder engendró–. Del Vasco que aprendió en la fuga.

No venimos a juzgar. Venimos a sumar. No venimos a fundar la internacional del pensamiento correcto. Venimos a construir la caja de herramientas común.

Principio: De lo pequeño a lo grande. De lo simple a lo complejo.


II. Lo que aprendemos

Aprendemos que el arte no es adorno: es fábrica de realidad. La forma no es capricho: es respuesta a necesidades concretas. El cartel que organiza, la canción que congrega, el mural que denuncia: todo eso es tradición que honramos.

Aprendemos que lo revolucionario no habita solo en la claridad del concepto, sino en las tinieblas del deseo. El sueño no evade: revela las fisuras de lo real. La imaginación es fuerza material. Lo que hoy parece imposible, mañana será memoria de lo que alguien se atrevió a desear.

Aprendemos que la vida cotidiana es el verdadero campo de batalla. No basta transformar la propiedad: hay que transformar la experiencia. No basta ganar el Estado: hay que ganar la calle, la fiesta, el amor. Construir situaciones es construir poder.

Aprendemos que el arte no puede darse el lujo de la torre de marfil cuando las mayorías carecen de pan. Pero aprendemos también que lo popular no es consigna: es territorio vivo donde hay que hundir raíces para extraer savia nueva. El pueblo crea aunque no firme las obras.

Aprendemos que la cultura es trinchera. Que el cine, la música, la gráfica son armas de construcción masiva. Que una canción puede más que un discurso. Que el humor es forma de inteligencia política. Que la dignidad no se negocia.

Aprendemos que el internacionalismo no es frase hecha: es reconocer que nuestras luchas son una sola, aunque los ritmos sean distintos. Lo que pasa en un país resuena en todos. La solidaridad no es caridad: es estrategia.


III. Lo que dejamos atrás

Dejamos el sectarismo que nos hizo pequeños. La manía de medir purezas. La costumbre de mirar al compañero de al lado como enemigo. El vicio de la excomunión fácil.

Dejamos la creencia de que existe una línea justa que alguien posee y el resto debe acatar. No hay Papa de la revolución. Hay tradiciones que dialogan. Hay experiencias que se fecundan. Hay un nosotros por construir que no exige renunciar a la historia propia.

Dejamos el lenguaje cifrado que solo entienden iniciados. Vamos a hablar claro: para que nos entiendan los trabajadores, los jóvenes, los artistas, quienes nunca pisaron una reunión de célula pero quieren cambiar el mundo.

Dejamos la condena moral como método. Podemos disentir sin anatematizar. Podemos debatir sin destruir. Podemos construir unidad sin exigir uniformidad. La diversidad no es debilidad: es condición de posibilidad de lo nuevo.

Dejamos atrás las frases vacías.


IV. Lo que afirmamos con certeza

Afirmamos que el arte es producción, no reflejo. La creatividad es capacidad colectiva, no don divino. Todo ser humano es potencialmente artista de su propia vida. Nuestra tarea es crear las condiciones para que esa potencia se actualice.

Afirmamos que la cultura es terreno de disputa estratégico. El enemigo no es solo quien posee los medios de producción, sino quien posee los medios de producción de sentido. Liberar la economía sin liberar la imaginación es liberación a medias.

Afirmamos que la gestión cultural es política cultural. No hay gestión neutra. Administrar recursos es distribuir poder. Programar actividades es jerarquizar lo que importa. Decidir es apostar a ciertos futuros.

Afirmamos que las industrias culturales pueden ser territorio de liberación o de sometimiento. Depende de quién las controle y con qué fines. No demonizamos la tecnología: queremos torcerle el brazo. Que el algoritmo sirva a la vida, no la vida al algoritmo.

Afirmamos que la prospectiva es necesaria. No para adivinar el futuro, sino para construirlo. Vislumbrar lo que viene para intervenir a tiempo. Detectar las débiles señales de lo nuevo para potenciarlas. Imaginar escenarios deseables para hacerlos posibles.

Afirmamos la consigna fundamental:

“En cárcel común perpetua efectiva ningún genocida por las calles de Argentina”


V. Las certezas que nos guían

Primera certeza: El presente contiene múltiples futuros. El que se realiza no es el único posible, sino el que logra imponerse en la lucha de los devenires. Nuestra tarea es fortalecer los futuros deseables, hacerlos más probables.

Segunda certeza: La contradicción no es error: es textura de lo real. Algo puede ser verdadero y falso a la vez, según el momento, según el punto de vista de clase. El arte trabaja en el espacio paradójico donde las certezas burguesas se disuelven.

Tercera certeza: Lo real no es solo lo que existe, sino lo que insiste. Hay fuerzas, deseos, potencias que no logran existencia plena pero no cesan de presionar desde los bordes. El arte es el oído que escucha esas presiones, la mano que les da forma.

Cuarta certeza: El futuro ya está aquí, pero desigualmente distribuido. En algunos cuerpos, algunos territorios, algunas prácticas –los que tomaron Garín, los que dijeron basta a la espera– el mañana ya estaba ocurriendo. La prospectiva es detectar esos enclaves y propagar sus ondas.

Quinta certeza: Lo imposible de hoy es condición de lo posible de mañana. Sin la cobra escarlata del deseo, no hay caminata. Pero el deseo debe tener método: la utopía sin análisis es espejismo.


VI. Lo que proponemos (lo grupal)

Proponemos una red de prospectiva cultural que articule a artistas, gestores, militantes, académicos, trabajadores de la cultura. No una internacional burocrática: una red viva, horizontal, federal.

Proponemos equipos territoriales para leer el presente en clave de futuro. Cartografiar lo que emerge. Mapear lo que late. Detectar lo que insiste.

Proponemos recuperar y poner en valor las experiencias de todas las tradiciones. Que las lecciones de los que tomaron Garín, los que dijeron basta a la espera, los que supieron unir en la lucha, la organización del poder clasista, su brazo que no tiembla, la teoría hecha carne, el Vasco que aprendió en la fuga se conviertan en herramientas vivas.

Proponemos un lenguaje común sin renunciar a las lenguas propias. Que la unidad sea polifónica. Que la cobra escarlata tenga todas las escamas de todos los colores, pero sea una.

Proponemos intervenir en las industrias culturales existentes desde la ocupación estratégica. Estar donde se produce sentido masivo. Disputar los algoritmos. Hackear los formatos.

Proponemos crear nuevas instituciones culturales donde hagan falta. No esperar a que el Estado nos dé espacio: construirlas nosotros mismos. Centros culturales autogestionados, editoriales independientes, plataformas digitales propias.


VII. Una pregunta que nos quema

¿Qué pasa con quienes sonríen y dicen que sí, pero nunca intentan nada?

Los hemos visto. En Cuba, en Argentina, en todas partes. Compañeros que asienten, que se tentan, que celebran. Y cuando hay que pasar del dicho al hecho, desaparecen. No es cobardía: es falta de herramientas, falta de organización.

A ellos les decimos: este manifiesto es la herramienta. La invitación está hecha. Ahora falta lo demás. Y lo demás lo hacemos juntos.

A quienes sonríen y dicen que sí, les preguntamos: ¿se tentan? Porque tentarse no basta. Hay que intentar. Hay que intentar siempre. Hay que intentar aunque salga mal. Hay que intentar hasta que salga bien.


VIII. La invitación

Esto no es un dogma. Es una invitación. No venimos a decirles lo que tienen que pensar. Venimos a proponerles pensar juntos. No venimos a fundar la secta de los iluminados. Venimos a construir la alianza de quienes quieren ver más allá.

Si vienes de los que tomaron Garín, te necesitamos.
Si vienes de los que dijeron basta a la espera, te necesitamos.
Si vienes de los que supieron unir en la lucha, te necesitamos.
Si vienes de la organización del poder clasista y el brazo que no tiembla, te necesitamos.
Si vienes de la teoría hecha carne militante, te necesitamos.
Si vienes del Vasco que aprendió en la fuga, te necesitamos.

Si vienes de la tradición de quienes empuñaron armas y creyeron que otro mundo era posible incluso a riesgo de la vida, te necesitamos.
Si vienes de la tradición de quienes construyeron organización en la clandestinidad, tejiendo redes en la noche para que amaneciera distinto, te necesitamos.
Si vienes de la tradición de quienes aprendieron que la revolución se hace con los pies en la tierra, con trabajo de base, con organización popular día a día, te necesitamos.
Si vienes de la tradición de quienes entendieron que nuestras luchas no entienden de fronteras, te necesitamos.
Si vienes de la tradición de quienes pusieron el cuerpo, que es lo único que tenemos, y lo pusieron entero, te necesitamos.

Todas, todos. Cada tradición es una herramienta. Cada herramienta sirve si la usamos juntos.

El mundo que viene no lo construye una sola tradición. Lo construimos entre todas las que alguna vez soñaron con cambiarlo.

En Cuba lo saben. En cada rincón donde alguien cree que la dignidad vale, lo saben. Por eso llegamos con la cobra escarlata visible: para que allá, en la isla, en cada territorio donde se lucha, sepan que no somos secta, somos pueblo.

Si sabes que el arte puede más que la mercancía, te necesitamos.
Si sabes que la cultura es territorio de disputa, te necesitamos.
Si sabes que el futuro no está escrito y podemos escribirlo juntos, te necesitamos.
Si sonríes y dices que sí, pero aún no has intentado, te necesitamos también. Sobre todo a ti.


Consigna final

De lo pequeño a lo grande. De lo simple a lo complejo.
En cárcel común perpetua efectiva ningún genocida por las calles de Argentina.
Con la memoria de los que lucharon. Sin frases vacías.

La cobra escarlata ha mudado su piel. No para olvidar lo que fue, sino para seguir viva. Esta es su nueva piel.

Juntos. Siempre juntos.

Marzo de 2026

miércoles, 15 de abril de 2026

"No a la amnistía genocidas". 4° Marcha de la Resistencia. Año 1984.

 Crónica de la IV Marcha de la Resistencia. Homenaje a los gráficos ongaristas y a la nueva juventud que dijo "Vamos".

La noche del 20 de diciembre de 1984, mientras la ciudad de Buenos Aires dormía bajo el peso pesado de una democracia que aún no se animaba a mirar de frente el horror del genocidio, un puñado de militantes del arte instaló una trinchera en el corazón mismo de la Plaza de Mayo. No llevaban fusiles, pero desplegaron una imprenta de serigrafía con la misma disciplina con la que las FAR, el ERP y las columnas maoístas montaban sus talleres clandestinos en los años de plomo. Era una trinchera de tinta y papel, una máquina de guerra cultural cuyo proyectil era un afiche participativo con una consigna que cortaba el aire como un cuchillo: "No a la amnistía genocidas". Ese afiche no estaba terminado. Era, deliberadamente, un "para terminar entre todos", una invitación a la multitud para que se convirtiera en co-creadora de la denuncia.

La imprenta funcionó sin descanso durante veinticuatro horas, organizada en cuatro guardias de ocho horas cada una. La primera guardia, la de la medianoche, fue ocupada por Joan Prim. Luego siguieron Emei (Mercedes Idoyaga), Diego Fontanet y, cerrando el ciclo, Fernando “Coco” Bedoya. Con ellos estaban también Adriana BayónDaniel Sanjurjo y otros compañeros. Todos sabían que la tinta no era sólo tinta y que la manigueta —esa rasqueta que arrastra la tinta sobre la malla serigráfica— era un arma más en la guerra de clases que se libraba en cada rincón de la patria.

La noche anterior a la marcha, un organizador del colectivo se había reunido con los jóvenes del Frente de Derechos Humanos de las Madres de Plaza de Mayo. No sólo discutieron la letra del afiche. Les enseñó a preparar un engrudo indespegable, una mezcla cáustica que quemaba la piel y los ojos si no se tomaban los recaudos necesarios. Les mostró cómo protegerse las manos, los brazos, la cara. Les explicó que aquel pegamento no era un adhesivo doméstico: era un arma para la guerra de clases, un instrumento para fijar la verdad en los muros de la ciudad, para que los genocidas no pudieran arrancarla. Y aquellos jóvenes, fieles a la tradición de lucha de las Madres, escucharon, aprendieron y, en la jornada misma, no sólo pegaron los afiches, sino que ayudaron a proteger la mesa de impresión durante toda la noche, formando un cerco humano alrededor de la trinchera gráfica.

Cuando la multitud comenzó a llenar la plaza, los afiches ya estaban siendo intervenidos. Las Madres imprimieron con sus propias manos. Pero fueron los jóvenes quienes conectaron de manera más inmediata con la propuesta, viendo en ella un lenguaje fresco y disruptivo para canalizar su rebeldía. Y fue entonces cuando ocurrió el momento decisivo: entre la multitud que rodeaba la plaza se encontraban los jóvenes gráficos, herederos de la lucha de Raimundo Ongaro en los años setenta. No eran una facción ni una lista. Eran los continuadores de una tradición combatiente, obreros de la imprenta que habían aprendido en los talleres clandestinos durante la dictadura, que sabían manejar la tinta y la manigueta como quien maneja un fusil. Cuando fueron requeridos, no dudaron un instante. Dijeron "Vamos". Y se sumaron al operativo con la disciplina de quienes entienden que la gráfica es también una forma de la guerra de clases, una trinchera más en la lucha por la liberación nacional y social. Esos jóvenes gráficos no sólo dijeron "Vamos". Se quedaron toda la noche imprimiendo los afiches y cuidando la imprenta, relevándose en la manigueta, velando por la máquina que producía la verdad. Ellos dijeron "Vamos" a China, al PRT, a la revolución mundial.

La pegada se realizó esa misma noche. Por indicación expresa del organizador, los afiches fueron colocados en lugares escasamente frecuentados para la cartelería común: paredes laterales, zaguanes, postes apartados, muros que el ojo del transeúnte no suele registrar. Allí, lejos de la competencia de los afiches comerciales y partidarios, los carteles de “No a la amnistía genocidas” permanecieron visibles hasta diez días después, un tiempo inusualmente largo para un papel pegado en la calle. Fue una victoria táctica en la guerra de posiciones que la clase trabajadora libraba contra la impunidad.

El organizador, una vez concluida la marcha, recorrió personalmente los puntos de pegado con una cámara fotográfica. Lo que encontró fue la prueba irrefutable de la eficacia de la acción: todos los afiches estaban como queridos arrancar desde todo el borde, y como estrellados hasta los de tres a cinco centímetros. Esa orla desgarrada, ese borde astillado que resistía a la fuerza de quienes intentaban arrancarlos, no era un desperfecto. Era el testimonio mudo de la furia de los genocidas y sus secuaces. Cuanto más violentamente intentaban borrar el mensaje, más evidencia dejaban de su propia irritación. Cada afiche estrellado era un parte de guerra. Cada borde desgarrado, una condena.

La acción no sólo transmitió conciencia. La fabricó. Y en esa fabricación, la nueva juventud —algunos de ellos sin saberlo, sin haber leído los manuales, sin haber pasado por las escuelas de cuadros— dijo "Vamos". Dijeron "Vamos" a la revolución mundial, a la experiencia china, al Partido Revolucionario de los Trabajadores. No era una divisa geográfica. Era la afirmación de una tradición: la de los que saben que la revolución no tiene fronteras, que la lección de Yenan y la lección de la Plaza de Mayo son una misma lección, que la tinta y el engrudo pueden ser tan subversivos como el fusil.

Por eso esta crónica se escribe en homenaje a aquellos gráficos ongaristas que, cuando fueron requeridos, no pidieron explicaciones ni certificados de militancia. Dijeron “Vamos” y se pusieron a imprimir. Y se quedaron toda la noche. Y en homenaje a esa nueva juventud que, sin saberlo, ya estaba diciendo "Vamos" a China y al PRT. Porque la Cobra Escarlata no es una serpiente decorativa: es la memoria viva de cada afiche estrellado, de cada borde desgarrado, de cada imprenta montada en una plaza sitiada.

Que quede en la memoria. Que se convierta en acto.

La Cacerola

 

La Cacerola

En los umbrales de una década que comenzaba con las promesas rotas del menemismo, la Plaza de Mayo fue testigo de un gesto que condensó la potencia de la calle, el arte y la política en un mismo acto. El 21 de marzo de 1990, el corazón de Buenos Aires se llenó de una multitud convocada por Saúl Ubaldini, el dirigente sindical que encabezaba la CGT y que lideraba el primer gran rechazo masivo a las medidas de ajuste del gobierno recientemente asumido. Poco más de dos semanas después, el 6 de abril, una multitud diferente ocuparía la misma plaza para respaldar al presidente en la denominada "Plaza del Sí". En el medio de ese torbellino, un colectivo de artistas planteó una intervención que se proponía trascender la inmediatez de la protesta para sembrar un símbolo de larga duración. Ese colectivo fue La Cacerola.

El gesto: Dos banderas, una sola señal

La acción del grupo fue la siguiente: en medio de la multitud, se desplegaron dos banderas. La primera era de dimensiones pequeñas y era portada por un integrante del colectivo que, montado sobre zancos, la llevaba en alto mientras daba vueltas alrededor de la plaza. La segunda era una bandera de gran tamaño, colgada entre dos árboles. Su diseño era una obra de arte en clave política: presentaba dos campos de color que evocaban la simbología de la izquierda combativa del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), y en el centro, una olla de color amarillo invertida, es decir, vacía.

El nombre del grupo, "La Cacerola" —con dos cacerolas—, buscaba simbolizar a todas las fuerzas de la izquierda. No una fracción, no una secta. La olla vacía era la carencia compartida; la cacerola como instrumento de ruido era la protesta común. Dos cacerolas golpeando juntas hacen más ruido que una. Dos banderas —la grande y la pequeña— son la misma lucha a distintas escalas.

El momento culminante se produjo cuando los trabajadores fabriles allí presentes, reconociendo el llamado de esa imagen, se encolumnaron espontáneamente detrás de la bandera. La marea obrera, precedida por la olla vacía, transformó la protesta en un desfile de guerra. La bandera no solo representaba la unidad, sino que la estaba produciendo. Esta acción fue registrada por el diario "La Voz" del Partido Comunista.

La tradición de la calle

La Cacerola no fue un hecho aislado, sino la culminación de una tradición de arte militante y participativo que floreció en Argentina en las décadas precedentes. En los años ochenta, en las postrimerías de la dictadura militar, grupos como Gas-Tar (Grupo de Artistas Socialistas - Taller de Arte Revolucionario) y CAPaTaCo (Colectivo de Arte Participativo - Tarifa Común) ya habían establecido la práctica de intervenir en las movilizaciones populares, utilizando la serigrafía y los "afiches participativos" para visibilizar la lucha por los derechos humanos.

Estos colectivos, que rearticulaban una memoria artística y política quebrada por el silenciamiento de la dictadura, fueron el antecedente directo de la acción de La Cacerola. Como señala la investigadora Ana Longoni, el arte callejero argentino de esos años buscaba "tender un puente hacia Tucumán Arde", la experiencia fundacional de 1968 que sentó las bases de una práctica de contrainformación y denuncia social utilizando medios artísticos.

El manierismo de la calle: la olla vacía como emblema

La Cacerola no se limitó a tomar un símbolo preexistente. Lo tomó del enemigo y lo resignificó. La "olla vacía" era un emblema que la derecha chilena había utilizado durante los años setenta para protestar contra el gobierno de Salvador Allende. Las "ollitas chilenas" —como se las conocía— eran un ícono de la protesta de la burguesía pinochetista, un símbolo de su supuesta "carencia" ante las políticas de estatización.

Al apropiarse de este símbolo, La Cacerola lo subvirtió por completo. La olla vacía dejó de ser un emblema de privilegios para convertirse en un grito de hambre y exclusión. No era una imitación, sino una transformación radical del sentido. Este gesto —tomar un símbolo del adversario y darle la vuelta— es la esencia del "manierismo revolucionario" que la izquierda argentina desplegó en las calles: la capacidad de aprender del enemigo, de tomar sus armas y volverlas contra él.

Un antecedente directo de los cacerolazos de 2001

La acción de La Cacerola en 1990 fue el antecedente directo de los cacerolazos que estallarían once años después, en diciembre de 2001. Cuando la crisis del "corralito" y la represión estatal llevaron a millones de argentinos a las calles con sus ollas vacías, no estaban improvisando. Un inconsciente colectivo, sembrado por aquella intervención en la Plaza del "No", había convertido el utensilio de cocina en un estandarte de rebelión.

El ruido ensordecedor de las cacerolas no fue solo un acto de protesta espontánea. Fue la consecuencia directa de un manierismo político-artístico que había sabido leer y transformar los símbolos de su tiempo. La olla vacía, que en 1990 era una denuncia del hambre y la exclusión, en 2001 se convirtió en el instrumento para hacer oír esa denuncia. El silencio de la olla vacía se volvió ruido. La bandera se volvió cacerola. Y la cacerola, golpeada por millones de manos, se volvió el tambor de la rebelión.

La Cobra Escarlata

La imagen de la Cobra Escarlata —serpiente china con faroles— es la metáfora de ese proceso: un animal que muda su piel para sobrevivir, que incorpora lo viejo y lo transforma en algo nuevo. Así como La Cacerola tomó la "ollita chilena" y la convirtió en un símbolo de lucha popular, la Cobra Escarlata es la tradición viva de ese manierismo revolucionario: la capacidad de aprender del enemigo, de tomar sus armas y volverlas contra él, pero siempre bajo la consigna de la unidad.

El gesto de La Cacerola en la Plaza del "No" de 1990 fue una promesa sembrada. La Cobra Escarlata es esa promesa hecha tradición, que atraviesa los años, las derrotas y las victorias, para recordar que la unidad de la izquierda no es una opción, sino una necesidad excluyente.

Romero y Escombros. La bandera de la olla vacía. Los trabajadores detrás. La cacerola que aún resuena.

Personal indispensable para realizar todo lo planteado en el Cinetren actual. 2026.

  Pensemos en un Cinetren moderno sin romanticismo innecesario, aplicando la tecnología actual para reducir el equipo al mínimo absoluto sin...